miércoles, junio 07, 2006

EL CAMINANTE

La luz de las farolas iluminaba la calle San Juan, sumergida por unas horas en la época medieval. La feria, que se celebra cada año a principios de junio, sirve para reunir algo de dinero para las fiestas, que se celebran unas semanas más tarde, en honor al patrón del barrio. No era una buena ambientación, desde luego.
Quizás sirviera para entretener a los ondenses de principios del siglo XXI, pero alguien que hubiera recorrido esas calles, siglos antes, en la época que intentaba representar, sonreiría con sorna ante los vanos intentos de los vecinos por recrear las calles.
Faltaban los olores, la suciedad propia de una sociedad todavía anclada en épocas oscuras, el calor de unos habitantes nacidos de la mezcla de culturas y, sobre todo, la imponente figura de la fortaleza en lo alto de la colina.
El caminante se detuvo a mitad cuesta, y miró hacia abajo. La imagen que ofrecía el final de la cuesta no se parecía en nada a lo que él recordaba.
De hecho, nada de lo que había visto recordaba apenas a la Onda que visitó por última vez hacía algo más de 20 años.
Los cambios acompañaban a la pequeña villa, igual que lo habían hecho con el resto del mundo, desde aquel frío día de invierno en que el caminante vio la luz del sol, apagada por las nubes, hacía ya demasiado tiempo.
Lo único que no parecía haber cambiado, era él.
Como siempre, sus primeros pasos en las antiguas calles, que tantas veces, a lo largo del tiempo había recorrido, le encaminaban, inexorablemente, a las puertas del Castillo.
No tenía necesidad de hacer ese camino, lo sabía.
El objeto de su interés ya no estaba allí. Había sido depositado en otro lugar, tan seguro como su antiguo receptáculo, y mucho más acorde con los tiempos que corrían.
Pero algo, quizás la nostalgia, quizás otra cosa aún más profunda, le conducía hasta aquel monumento a la barbarie, pero también a la nobleza humana, que estaba coronando con orgullo imborrable la vida de los ondenses, ofreciendo su protección, aunque estos no fueran conscientes de ello.
Cuando llegó a la Plaza de la Morera, no pudo evitar un escalofrío. Una sombra atravesó su recuerdo y el viejo dolor del hombro le recordó que pese a todo, no se puede escapar del pasado.
Ignoró los fantasmas que le visitaban de nuevo, y ascendió hasta la puerta del castillo.
Suponía que habrían cámaras de vigilancia, así que se limitó a sentarse frente a las puertas de hierro forjado, nuevas, impolutas, que habían sustituido a las recias hojas de madera que tantos golpes habían resistido.
No estuvo más de una hora allí, pensativo y ceñudo.
Se levantó y, preparado, se dirigió al que desde hacía tanto tiempo, se había convertido en su destino.

2 comentarios:

chumly dijo...

I only understood a piece of what you said. I am trying to learn the language. Honest!

Crónicas de Sepelaci dijo...

Thanks for your words.

Un saludín